En un nuevo episodio de privilegios otorgados a figuras públicas, el Sistema de Administración Tributaria (SAT) ha condonado multas fiscales por un monto cercano a los 9.2 millones de pesos al boxeador Saúl «Canelo» Álvarez durante el actual sexenio. Lo anterior, a pesar de haber acumulado varios adeudos con dicha agencia tributaria. Esta indulgencia, denunciada por la revista Proceso, refleja una inquietante tendencia: la de la sociedad y sus instituciones enalteciendo a personajes que cometen fraude.
En 2019, el SAT exoneró a «Canelo» de pagar 3.8 millones de pesos en multas, aun cuando sus ingresos ascendieron a 94 millones de dólares. La historia se repitió en 2022, cuando al púgil de ganchos implacables se le condonaron 5.4 millones de pesos correspondientes al periodo de octubre a diciembre de 2021, un año en el que ganó 90 millones de dólares; siendo así, según la revista Forbes, el deportista mexicano mejor pagado de ese año, y el octavo del mundo.
Esta información, disponible en la Plataforma Nacional de Transparencia, indica según Proceso, que «Canelo» cumplió con los «requisitos previos» establecidos en la Resolución Miscelánea Fiscal de 2019 y 2022. Sin embargo, los detalles específicos de dichos requisitos no se han divulgado, dejando un manto de sospecha sobre los procedimientos y decisiones del SAT.
Así, la sociedad premia con abrazos los puñetazos del héroe del cuadrilátero a la Hacienda Pública, dejando como muestra de ello la estampa de Claudia Sheinbaum, recibiendo «consejos» de «Canelo» de cara al combate electoral que tendrá lugar la noche del 2 de junio.
¿Por qué la sociedad premia el fraude en lugar de condenarlo? Cuando celebridades como Lionel Messi y Shakira son condenadas por defraudar al erario, en lugar de enfrentar un repudio generalizado, siguen disfrutando de la adoración del público, que continúa pagando por sus camisetas y conciertos. Este fenómeno revela una profunda falla moral en la colectividad: una peligrosa inclinación a idolatrar a aquellos que no respetan las leyes ni sus responsabilidades fiscales.
Efecto halo, cultura de la impunidad, consumismo y sentimientos de admiración y aspiración encontrados se mezclan en un endiablado cóctel que hace que lo reprobable se vuelva encomiable. Celebridades, deportistas, figuras otrora modélicas y fuente de inspiración para niños y adultos, hoy son inmunes al mal ejemplo y a conductas delictivas imperdonables al ciudadano de a pie. El antídoto, uno quisiera pensar, se podría encontrar en otra combinación más saludable: educación, conciencia pública y una mayor responsabilidad individual y colectiva.
Sin embargo, en lugar de rechazar estas conductas, lo que prevalece es que las validamos con nuestra admiración y consumo, generando un círculo vicioso donde el fraude se normaliza y hasta se glorifica. Luego, la indignación se vuelve hacia los políticos, a quienes acusamos de corrupción y falta de ética. Pero, ¿no somos nosotros quienes los elegimos y legitimamos? Los políticos son un reflejo de la sociedad que los elige, y sus actos son un espejo de nuestras propias deficiencias.
A medida que se acercan las elecciones del próximo 2 de junio, es crucial reflexionar sobre estos temas. ¿Quiénes queremos que nos representen? La respuesta no sólo determinará el futuro político del país, sino también definirá los valores y principios que queremos sostener como sociedad.
Es momento de exigir integridad y responsabilidad, no sólo a nuestros líderes, sino también a nuestros ídolos. La verdadera grandeza no se mide por la fama o la fortuna, sino por la capacidad de actuar con ética y respeto hacia la colectividad.
Artículo publicado en Peninsular Digital.